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Turquía, en realidad, había sido la base del proyecto de este viaje, sobre el cual, al desplegar los mapas en la etapa de diseño, surgió la loca idea de unir Estambul con Moscú. Teníamos numerosos objetivos en suelo turco, pero los primordiales eran volar en globo sobre Capadocia; compenetrarnos un poquito en la cultura derviche y presenciar una de sus ceremonias: la plegaria por medio de una mística danza giratoria, ataviados con sus gorros altos y sus túnicas blancas; finalizar el recorrido sumergidos en el blanco inmaculado de las piletas calcáreas de Pamukale; y, último pero no menos importante, aunque tuviéramos que privarnos de comer un día, llevar una colorida lámpara otomana a casa… sin romperla.