El sol brilló con toda su fuerza ese día al trepar la pirámide a él dedicada y la luna, increíblemente, salió a saludar en el momento de despedirnos sobre la suya. Ambos eran visibles ese mediodía. Un águila agitó sus alas saliendo de Quetzalcóatl. “Es una señal”, expresó Jorge mientras la señalaba con el dedo, mirándome emocionado. Las ruinas dejaron de ser ruinas y cada lugar tomó un sentido más allá de lo histórico, bajo el penetrante sonido de su cuerno de caracol en la disimulada ceremonia, y sus explicaciones sobre el milenario calendario. Pero no fue solo esta increíble referencia lo que nos regaló Jorge, sino su afecto y su cariño a cada uno. “No fue una visita”, nos dijo, “fue una iniciación.”











